Aleteos personales

sábado, septiembre 19, 2020

La Soledad

 La soledad

  1. El amor

Por ti

he estudiado todos los pasos que hay hasta Anaga

donde la tierra es más horizontal

y los roques se bañan en un mar de tiendas de campaña.


Allí he guardado cada uno de nuestros recuerdos.


Pero no he logrado dilucidar

la ligereza de tus pasos

o el sentido exacto de tus palabras,

ni siquiera la forma de tus pensamientos mientras pasean por la almohada.


El amor es elástico. 

Se va llenando de pinceladas como quien idea un cuadro ocre de otoño

y termina con un atardecer de verano sobre el océano:

con el Teide a la izquierda y el faro del Puerto de lejos

alumbrando el horizonte de mi vista

y descubriendo un nuevo sendero.


Pero, ya ves, el amor no es lo que me preocupa.

Lo que me tiene en vilo es el tiempo que compartimos

y las palabras que callamos

y las miradas que se quedaron ahogadas en una copa de vino.


Lo que me inquieta es que todos los días es jueves

y no nos quedan más que unas horas para vernos,

cuando todo se para en esta casa

y se enciende la noche

y los grillos nos atormentan

y estamos tan cansados que le robamos unos minutos al día,

pero no es suficiente.


Lo que me insomnia 

es la incertidumbre de esta vida tiesa

que nos va quemando el pelo y nos hace flotar en el abismo,

cuando ya pensábamos que la realidad era estática

y los versos no tenían mucho más que contar.


Aún así yo me quedo en silencio,

consciente de que es esta la vida que tengo que vivir

y no hay vuelta atrás en el camino,

ni bifurcaciones en la pared,

excepto por ese run run que a veces llega.


Mi run run de las olas

con su café de 11 a 12

y tus ojos. 


Pasa un sueño y las horas

en ese minuto en el que me contaminaste

con un grito a destiempo

y la cálida tempestad que llegó después,

cuando reconocí el abuso

y el acoso

y todas esas manipulaciones que no son nuevas para mí

pero me cogieron por sorpresa.


En un tren de Washington a Nueva York

escuché el tono de la llamada

y empecé mi monólogo,

con una voz melodiosa,

que te dejaba plantado con la palabra en los labios

y a mí en paro de nuevo

por elección.


Fea esa manía de gritar,

de abusar,

de depredar.


Menos mal que aprendí a darte con la puerta en las narices.


Respiro,

sigo respirando

y, cuando te miro, además,

sonrío porque te gané.


Lo que no logro entender es qué ha pasado,

qué brecha existe entre la verdadera realidad

(el trabajo, la política, las convenciones sociales)

y lo que estudiamos, soñamos, pensamos…

Qué ocurre entre el día a día y la verdadera naturaleza humana

que nos somete a un completo caos de contradicciones,

que nos impide vivir esta realidad como es,

que me obliga a estar siempre:

alerta, vehemente, en constante lucha.


Es agotador…


Aún así la lógica se impuso

para plantarse en medio de la humanidad

y encerrar nuestra libertad en los límite del hogar.


Allí, después de todo, la vida es más real.


Aún me cuesta pronunciar su nombre.

Nos han fulminado,

fumigado y suprimido

estos tres meses de vida.

He pasado de las pesadillas a la enfermedad

como si fuera un zombi, 

profundamente desarraigada.


Ésta, además, no es mi casa

y no termino de acostumbrarme a las paredes negras

y el olor del día que te dejamos marchar.

Me queda poco de ti

pero aún siento el peso de tu cuerpo

y tus sonidos.

También, claro, te siento a ti.


Mis versos entienden de despedidas.


Me sigue sorprendiendo el amor,

tener que acotarlo en diferentes tipos y clases,

no poder englobar su universalidad

en la fluidez de la vida.

Atrapar cada sentimiento y dejarlo calar,

dejar que nuestra vida se llene

sin cercenar en celdas los sentimientos.   

Yo a ti te quise como parte que eras de mí

y hoy te dejo marchar

sintiéndote aún en mi corazón.


Qué imprescindible es dejar vivir

con la libertad de las aves,

que (las que) no han sido aún encerradas

en una sociedad que no les pertenece,

como hemos hecho con el resto de los animales,

como ególatras depredadores

obligándolos a vivir como lo hacemos nosotros,

expectantes vidas completamente dominadas.


  1. Los árboles

Yo me quedo con la libertad de la naturaleza,

con las ganas de abrazar esos troncos robustos

y fotografiar cada una de las raíces que perviven en el tiempo:

desde los Laureles de Indias del Parque,

hasta la laurisilva del Sendero de los Sentidos.


Atesoro cada árbol que encuentro

inmenso en la estática línea del tiempo,

con el respeto justo de los que sabemos

que no hay más verdad que la del susurro del viento

en las copas de los tamarindos, en los flamboyanes

o en los pitangueros.


Me reencuentro con cada uno de ellos,

los reconozco,

como conozco también los pájaros que los habitan:

a los tabobos, los cernícalos, los canarios, los pinzones y los petirrojos,

al guincho que vuela el acantilado

y a las pardelas con su guachi guachi

en nuestras noches de verano.

Reconocibles como el calor, la sal y el mar

de nuestra costa,

llena de marejadas y de mareas largas en septiembre.


Para mí el verano empieza y acaba en un susurro

del Socorro a Bajamar

pasando por el Médano,

tan diferente que es este mar del sur.


Para mí el verano, desde que te conozco, es también un viaje infinito

al otro lado del atlántico

para ver a tu familia

y creerme que también es la mía por unos días…

Siempre con ese miedo de no pertenecer

o de pertenecer demasiado a algo que no es mío. 


Cuando tú llegaste todo se calmó.

Mi vida ha sido

demasiado temperamental,

como si de repente algo atravesara mi camino

y me obligara a bifurcar mi sendero,

a destruirlo todo y volver a empezar.


Contigo todo se paró.


No fue más tranquilo,

no fue menos duro,

ni siquiera fue menos intenso.           

Todo se detuvo, ya no hubo que correr más.


Y aquí sigo, parada.


  1. La mentira

La gran mentira de la muerte

coincide con la gran mentira de la vida.


De la muerte no se habla,

la muerte llega y la dejamos pasar,

tratamos de avanzar en nuestra vida

cuando alguien que queremos muere,

nos obligamos a seguir adelante, 

como si fuera solo un mal trago.


Nacemos y morimos,

no hay más.

No existe un por qué, 

no existe una hoja de ruta,

ni siquiera hay un plan.


Yo nací un 24 de noviembre

creyéndome, seguramente, el centro del mundo

y viviendo siempre como si lo fuera,

como todos los seres humanos de este planeta:

entre papá noel y los reyes magos

el ratoncito pérez y el conejo de pascua.


Hasta que acabé la universidad, 

con su preciosa teoría

navegando entre la filología y el periodismo

y llegó la gran mentira

que oculta el dinero, el poder y la manipulación.


Me costó mirar a mi alrededor

y todo se desordenó.


La vida duele, 

hacemos todo lo posible por seguir caminando

buscando entre los huecos 

la profundidad de una existencia

más allá de esta sociedad.


La sociedad

nos aleja de la verdad, si es que existe.


¿Por qué vivimos?

¿Qué somos?

¿Cuál es el sentido de la vida?


El gorrión en el árbol

se aferra a su vida.

Nadie le dice cómo tiene que vivir,

ni cómo ha de subsistir.

Nadie le obliga a tener hijos para mantener el estado social,

ni a ir a trabajar para otros 

rompiendo el talento individual

y regalando el tiempo

para poder comer.


Al gorrión, por ejemplo,

nadie le grita,

ni le encierra, 

ni le obliga a vivir o a morir.


Morir duele,

cuando te mueres nace el vacío.


La familia y los amigos son la gran verdad,           

son ese tiempo que tienes para ser tú mismo

y no caer aún más en el delirio del desequilibrio,

sumando a fin de mes:

por si te has pasado

o te has quedado corto.


Los seguros,

el ibi,                   

el rodaje,

la itv,

la luz,

el agua,

la hipoteca.


El covid frenó los ingresos

y los gastos los aplazó.

Nadie te miró a los ojos y te dijo:

‘oye te vas a morir, pero las deudas permanecen’.


Esas cicatrices

que se van extendiendo como venas por la mente

y te apremian a tirar la toalla,

te enseñan lo malo que es el camino

y te ves en un túnel sin salida,

cuando ya creías que todo iba bien.


Mis cicatrices son la prueba

de que el ser humano se ha olvidado de lo más importante

y lucha por seguir en el pacto,

en la mentira

de sobrevivir.


  1. La belleza


Me pierdo en las plantas carnívoras de tus ojos,

en el sin fin de tus palabras

cuando me miras como si no existiera nadie más en este mundo

y te recuerdo que tus manos son las mías

y las de mi abuela

y las de mi madre

y voy lentamente subiendo mi tono de voz,

para que calmes el torbellino en el que vives.


Esos seis años te plantan en el mundo

mientras retrocedemos a la infancia,

sintiendo que querríamos volver a empezar

para revivir tanta pasión,

tanta ilusión,

tantísimo amor.


Tu energía es la del universo

expandiendo toda su luz

a cada pisada.

Pisadas fuertes y certeras

que no se detienen nunca.


Esta mañana cuesta trabajar

escuchándote de lejos,

con tu incesante trotar por la casa

y esa alegría que nos ha acompañado 

durante este encierro.


Uno se despierta 

con la certeza de ti, de tu cuerpo trepando por el mío

como cuando te duermes con tus pies en mi pelo

y vas aferrando tu existencia a mí,

como si no me diera cuenta de que estás

en cada uno de los segundos de nuestra vida.


Te miro, sabiendo que he pasado la cuarentena,

la de mi vida,

y hay pocas posibilidades de que tengas un hermano

porque tu llegada nos arrulló tanto

que no fuimos capaces de afrontarlo de nuevo.


Y esperamos.


Esperamos hasta que ya fue tarde

y porque no puedo a veces levantarme

por este ser como soy,

tan fuerte para ti,

tan débil para mí.


Tan fuerte para nosotros,

tan débil para el mundo.           


Una historia repetida en cada una de las mujeres que conozco,

porque nos trajeron a este mundo:

para tenernos en casa,

para tener hijos,

para que luchara, porque todo cuesta más

y todo es más lento

y todo tiene un límite

y casi todo es así:

tienes que salir corriendo porque dos tíos te persiguen,

a plena luz del día,

y no sabes dónde esconderte.


Y no te vistas así

y no hables tan alto

y no te cojas de la mano por la calle que te van a ver

y esas botas con esa falda no pegan

y ponte bien el vaquero que no se te marca bien el culo

y qué pena que seas así, con lo guapa que eres

y hazle la cena que está cansado

y es que mira cómo le hablas

y qué hacías tomando un café con ese que no es tu marido

y es todo eso que te han dicho para que no puedas volar

porque eres una mujer.


Pero por ti, este mundo sí tiene un sentido

y a eso me aferro para seguir siendo lo que soy.

Yo soy: palabras encerradas,

soy el suspiro de la mañana

y la puesta de sol que me deja el corazón roto

cada noche.

Soy el canto de los mirlos en la madrugada

y una casa vacía,

que siempre sentí mía.

Soy las veces que te quiero llamar

para que me consueles un poco,

cuando sé que no me dejo cuidar

por nadie,

ni siquiera por ti.


Soy las veces que me escondo en el baño

y cierro la puerta para escucharme,

porque hay tanto ruido en la calle

que no me encuentro.


Y soy también esa niña que se quedó sola       

cuando te fuiste,

la que perdió a ese gato

que vivía en nuestra casa

y se llamaba Lolo,

con su andar de viejo gatito gris.

Y la que se aferra a los recuerdos

que se quedan en los lugares,

en esas cosas que guardamos:

las conchas, las piedras, las postales, los libros que ya me leí 

y que atesoro,

como te atesoro a ti

niña de los grandes sueños.


El día que Lolo se murió

todo en casa se quedó en silencio.


Yo cada noche sueño que te acaricio

y noto el peso de tu cabeza contra mi mano

y el ronroneo 

o tus gruñidos de enfado

porque no te hacía caso,

mientra movías la boca pidiendo comida,

como si yo después de 13 años y 11 meses

no supiera perfectamente lo que querías.


Con Lolo se murió una parte de mi vida

anterior a ti,

anterior a ella.

Y una parte de mi soledad

y de mis silencios:

las puestas de sol que vivimos juntos en La Victoria

cuando éramos solo tú y yo

y los petirrojos que llegaban a hacer su nido

sobre las siete de la tarde.


Se acabaron las tardes cazando lagartos 

cuando yo llegaba del Mercado de Tegueste

y ponía todos esos tomates y cebollas en la cesta

para freír unas papas en la cocina de gas;

y regresar a la infancia de las tortillas de papas

en el Socorro, donde la comida huele y sabe diferente.


Con Lolo no solo se murió mi compañero

de los ojos amarillos,

con su rabo gris al viento. 

El noble y bueno Lolo que estuvo siempre dispuesto

a explorar más allá de la escalera.


Con él me quedé aún más sola

en el profundo significado de la existencia.


Para curarme me fui al mar

a darme un baño y quedarme ensalitrada hasta la noche

después de casi 100 días en casa

con un gato enfermo

una niña de seis años

y nosotros: luchando proyectos, versos, ideas,

planificando para sobrevivir.


Ese baño me supo a poco

con los avisos de seguridad de fondo

organizando la visita dos días antes

e intentando no tropezar con nadie,

para poder quitarnos la mascarilla por primera vez.


Ese baño fue el principio de la nueva normalidad…


Ahora que vivimos con un virus en el alma

¿Cómo vamos a resolver el resto?


K